Cargué el equipaje en el auto mientras ella seguía
rebuscando cosas en su cartera.
-¿Qué buscás mamá?
-Las llaves, nena, las llaves…
- Las
pusiste en el bolsillito interior del gabán, el que tiene cierre.
-¡Ah sí, es cierto! ¡El paraguas, nena, el paraguas!
-Ya está en el auto mamá; vamos que vas a perder el ómnibus.
Por fin se sentó en el auto. Me vuelve loca. La
adoro pero me vuelve loca. Gracias al
cielo vive a trescientos kilómetros de mi casa y odia los ómnibus. De todas
maneras tiene teléfono, celular, internet y toda la parafernalia con la que hoy
en día te puede atosigar una madre como ella; y se maneja bastante bien, aún si
todos los días debe llamarse a sí misma
desde el fijo, para ubicar al otro.
Yo iba atenta al tráfico y ella seguía. –“Y
abrígate Alicia, haceme el favor mirá
que siempre andás medio desnuda y la garganta… siempre fuiste un poco delicada, desde chica…” –¡Mamá por favor
que tengo treinta y ocho años!
Mientras el ómnibus se alejaba, ella desde la ventanilla me hacía adiós. Su mano me pareció una mariposa mustia
agitándose en el viento y su sonrisa, casi triste; me oscureció la tarde. Percibí de golpe, los años amontonados sobre su imagen que se
alejaba y se hacía mas borrosa, y una angustia atroz subió por mi
garganta, –esa, que ella tanto
había cuidado del frío cuando era una niña delicada. Ahora, un escalofrío sutil recorría mi espina dorsal
a pesar de que la tarde caía en un anochecer de verano.
En el
trayecto de vuelta a casa, parecía otra
persona la que se había subido al auto. Y era cierto: cuando una toma real conciencia de algo, ya nunca vuelve
a ser la misma. La imagen de una
mariposa mustia siguió agitándose en mi
mente, como una letanía insufrible, como esas tonaditas que a uno se le pegan y
por más esfuerzo que haga de pensar en otra cosa, apenas se descuida vuelve una
y otra vez a ocupar todo el espacio mental.
Las pequeñas irritaciones que se habían producido en la convivencia durante una semana con mi madre, se habían evaporado por arte de magia y en su lugar había quedado la angustia de esa mariposa ajada, agitándose leve, en las últimas horas de aquel atardecer estival.
Las pequeñas irritaciones que se habían producido en la convivencia durante una semana con mi madre, se habían evaporado por arte de magia y en su lugar había quedado la angustia de esa mariposa ajada, agitándose leve, en las últimas horas de aquel atardecer estival.
Llegué a mi casa, y aunque estaba exhausta; como una abejita trabajadora me puse a
ordenar todo lo ordenable -cualquier
cosa para alejar de mi mente la imagen que me atormentaba.
Luego me dí una ducha bien caliente, para ver si
lograba sacarme esa especie de frío interior que me había embargado y que no
coincidía para nada con la temperatura externa.
Me preparé una taza de tilo, a ver si con eso alejaba mis pensamientos
agoreros. Y me acosté.
A pesar de todos los pesares, como estaba agotada
me quedé dormida inmediatamente.
De pronto, un zumbido muy fuerte dentro de mis
oídos hizo que despertara con sobresalto. Era
un sonido de abejas que volvían a casa desde campos remotos, cruzando túneles de verano hacia una maravillosa oscuridad.
Me levanté intrigada y descalza fui hasta la
cocina, desde donde provenía el zumbido.
Allí estaba mi madre, parada frente al fogón, cocinando en su vieja sartén, aquella, la de fondo de hierro; y el zumbido salía de ella junto a ese delicioso aroma característico de los condimentos que sólo ella usa.
Allí estaba mi madre, parada frente al fogón, cocinando en su vieja sartén, aquella, la de fondo de hierro; y el zumbido salía de ella junto a ese delicioso aroma característico de los condimentos que sólo ella usa.
-Pero mamá ¿Qué hacés acá?
-Ah, m’hija, te vi tan triste que me bajé del
ómnibus. Vine a hacerte aquel omelet de queso, que tanto te gustaba de chica, a ver si te
alegras un poco.
- No mamá, no; dejá eso, es de madrugada y no tengo ni pizca de hambre; vení, mejor hablemos, ¡hay
tantas cosas que quiero decirte! y tengo la sensación de que no me va a dar el
tiempo.
-Ah sí el tiempo, el tiempo, el tiempo…
Mientras iba diciendo esas palabras vi consternada
cómo mi madre se iba elevando en medio de la oscuridad y se iba transformando
en una gran mariposa mustia.
-¡No, mamá, no te vayas! Esperá un poco,
tenemos que hablar.
Ella seguía subiendo y se iba haciendo cada vez
más borrosa.
-Ya quisiera esperarte –decía con la voz cada vez
más lejana– pero… querida, no queda tiempo, las mariposas sólo viven un día.
No podía dejarla ir. No sin antes hablar. No podía
quedarme con tantas palabras silenciadas dentro de mí.
Comencé a hablarle atropelladamente; a decirle lo que ella significaba para mí. Los
recuerdos de la infancia fueron brotando como ríos que desbordaban e inundaban
toda la cocina. No sabía si ella podía escucharme pues había salido por la
ventana y seguía elevándose con su figura de mariposa mustia, rumbo a una luna
sonriente que parecía esperarla.
Yo empezaba
a desesperarme por miedo a no poder hacerle llegar las palabras que se
agolpaban en mi garganta. Entonces, inesperadamente sucedió. A medida que esas
palabras salían de mi boca, se iban convirtiendo en luciérnagas luminosas que se iban volando
hacia la luna, a través de la oscura
brisa estival, junto a mi madre.
Inspirado en este hermoso poema de Pablo Neruda :
Mariposa de otoño.
La mariposa volotea
Y arde –con el sol– a veces.Mancha volante y llamarada,
Ahora se queda parada
Sobre una hoja que la mece.
Me decían: –No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.
Yo tampoco decía nada.
Y pasó el tiempo de las mieses.
Hoy una mano de congoja
Llena de otoño el horizonte
Y hasta de mi alma caen hojas.
Me decían: –No tienes nada.
No estás enfermo. Te parece.
Era la hora de las espigas.
El sol, ahora,
Convalece.
Todo se va en la vida, amigos.
Se va o perece.
Se va la mano que te induce.
Se va o perece.
Se va la rosa que desates.
También la boca que te bese.
El agua, la sombra y el vaso.
Se va o perece.
Pasó la hora de las espigas.
El sol, ahora, convalece.
Su lengua tibia me rodea.
También me dice: –Te parece.
La mariposa volotea,
revolotea,
Adios Mariposa, me hiciste llorar, me sacaste una sensación que no había sentido cuando mi mariposa voló, esa sensación que no me pertenece, esa que me mantiene siempre feliz hasta cuando recuerdo que ya no puedo abrazarla, esa que cuando nos metamorfoseamos solo nos hablábamos con la mirada porque las palabras estorbaban, ese agradecimiento infinito a la mariposa que me enseño a brillar. Gracias Ana <3
ResponderEliminar... tus textos arrancan para afuera muchas emociones...
ResponderEliminarBeso a Verito ♥️